Mittwoch, 9. März 2016

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Leyendas de España del libro “Antología de Leyendas” de V. García de Diego

Españolas antiguas

2) La leyenda del último rey godo, don Rodrigo
Estaba mediada la primavera, habían llegado los grandes calores y el jardín del palacio del rey Rodrigo estallaba de verdor. Desde una ventana contemplaba Rodrigo la dulce alegría de las plantas y la claridad de un estanque, que bajo un espesor de arrayanes y jazmines espejeaba al sol. De pronto, una alegre algarabía des voces frescas le llamó la atención. Por uno de los senderos de la huerta, entre pensiles de espadañas  y lirios, venían unas doncellas. Llegaron al estanque, dejaron caer sus vestiduras y los cuerpos bellísimos resplandecían llenos de gracia y de luz. Pero era la Cava, doncella hija del conde don Julián, la que atraía sobre todo, la mirada de Rodrigo que, suspenso, la contemplaba. Salió el Rey por una puertecilla al jardín, se aproximó al estanque y entre unas hiedras y bojes se ocultó para ver más a su sabor. Salió la Cava del agua y sacudiéndose las gotas, gritó a las compañeras para que vinieran con ella a reposar. El Rey sentía estremecerse su cuerpo como abrasado por un loco deseo. Y de esta suerte, enamorado perdidamente de aquella belleza henchida de dulces promesas, regresó a sus estancias.
Vanamente trató de dominar su anhelo. Y así, como encontrase después de lo contado a la Cava, le declaró su amor: «Desde que os he visto no vivo ni duermo pensando en vos. Dad remedio a mi mal y pensad que la voluntad del Rey ha de cumplirse siempre.» Más ella burlando discretamente, rechazaba las amorosas razones de Rodrigo y procuraba acortar las entrevistas. Estos fracases aumentaban las tristeza de don Rodrigo, cuyo animo estaba preocupado por algo que le sucediera poco tiempo antes de haber conocido a la Cava.
Había, en efecto, tenido gran osadía al romper una secular prohibición. En Toledo existía un palacio encantado, del cual se dijo siempre que era la Cueva de Hércules. Rechazando dos consejos de sus íntimos, el Rey entró en tal lugar. Allí vio unos extraños y bellos tapices que tenían figuras de gente con trajes extraños, amplias vestiduras y lienzos enrollados en la cabeza. Eran figuras de árabes, bien los conoció don Rodrigo. Su ánimo había estado admirado, mas pronto la admiración se convirtió en tristeza cuando leyó una inscripción en la cual se decía que cuando alguien hubiese penetrado en aquella estancia, España sería entregada al pueblo al que pertenecían aquellas gentes, así representadas en los tapices.
Tal era la congoja que atormentaba a Rodrigo. Y a ella se unía el deseo de poseer a la Cava. Al fin, una tarde bochornosa, estando tendido en su lecho, envió a buscar a la linda muchacha. Ésta llegó confiada en que el Rey no pasaría más allá de las ocasiones anteriores. Mas, ¡ay, que se equivocó! Y cuando, pasada una hora, salió la Cava de la estancia real, su semblante había perdido aquella dulzura pueril que encantaba a la gente, sus ojos estaban enrojados por el llanto, su voz ronca por los reproches que hiciera al Rey, por los gemidos que exhalara. Todo había sido inútil y su pureza se tronchó por la fuerza del loco deseo de don Rodrigo. ¿De quién fue la culpa? ¿De ella, que no evitó antes la mala ocasión, o de la voluntad malévola del Rey?
La Cava perdió su belleza. En su cámara lloraba y maldecía a quien tan duramente le quitara la flor de su juventud. Y llena de rencor, escribió cartas a su padre, el conde don Julián, que en Ceuta era gobernador de los godos, a fin de que vengase la ofensa que se le había hecho. Grandes fueron el dolor y la ira de don Julián al recibir las cartas de su hija; mas su venganza fue mala y traicionera, porque tramó la destrucción de España. ¡Ay España,  tierra hermosa la más ufana de todas! ¡España de los valles y los trigales, rica en veneros y filones, henchida de óleo dulce y suave, deleitosa de frutales, bien guarnecida de castillos, alegrada por el azafrán, ardiente de proezas! ¡Por un traidor serás destruida! El conde don Julián escribió cartas al Rey moro diciéndole que si quería le entregaría España. Y en España había también traidores como don Opas, que odiaba a Rodrigo. Y así, de aquella fatal ocasión en que la Cava lucía su cuerpo, ¡maldito sea!, al aire cálido de la tarde, vino la ruina de España.
Dormía una noche don Rodrigo; a su lado, la Cava. Contrarios eran los vientos y en un cielo profundamente oscuro brillaba la luna con triste resplandor. Soñó el rey Rodrigo que dormía en una tienda de hermosos lienzos, sostenidos por trescientas cuerdas de plata. Dentro, sentadas en la suelo, había cien doncellas: cincuenta tañían, cincuenta cantaban. Sus voces e instrumentos de extraño son eran: el tono profundo, triste, como si un aire de callados lamentos viniera de todos los campos de España. Y una doncella llamada Fortuna habló así: «Despierta si duermes, rey Rodrigo. ¡Malos hados se ciernen sobre ti! ¡Ay, que veo muchedumbre de gentes extrañas que caen como bandadas de cuervos sobre los campos de tu nación! ¡Ay, que avanzan sus escuadrones destrozando a tus gentes, matando a tus caballeros! ¡Despierta y ponte en guardia! ¡Es el conde don Julián, por venganza de la deshonra que sobre su hija has echado, quien ha abierto las fronteras!» Despertó lleno de congoja el rey Rodrigo y de pronto llegaron mensajeros que le comunicaron que los enemigos estaban cerca. Montó don Rodrigo a caballo y salió a combatir.
Junto al río Guadalete fue la batalla. Como las olas del mar chocan contra las aguas del río en que en él desembocan, así chocaban las miles de árabes contra los godos. Don Rodrigo, con la armadura abollada y la espada casi partida, subió a un cerro y vio con dolor cómo apenas le quedaban guerreros; sus banderas, rotas, desgarradas, tendidas por tierra. Y llorando amargamente exclamó: «¡Ayer era rey de España, hoy no lo soy de una villa!» Y cuando la noche hubo llegado, el desdichado Rey huyó sin saber a dónde.
Huyendo de su desdicha vagaba el Rey por campos y montañas. No quería entrar en villas ni ciudades, no quería la sombra del encinar, ni el descanso junto al río. Pasó entre trigales agostados, entre aradas secas, sobre prados sin rebaños; pasó entre roquedales y llegó a las montañas más espesas, cerca de Viseo. Allí encontró a un humilde pastor, a quien preguntó si habría cerca algún monasterio en donde reposar. «No hay ni monasterio ni convento, contestó el pastor; tan sólo una ermita cuidada por un santo varón. Está en lo alto de ese cerro.» Y hacía allí dirigió su cansado caballo el pobre peregrino. El pastor, compadecido al ver su extremo estado de necesidad, le dio un poco de cecina y un trozo de pan duro, que don Rodrigo comió llorando: recordaba los tiempos en que gozaba de buenos manjares.
Llegó al fin a la ermita y se prosternó ante el ermitaño, que contaba más de un siglo de edad. Hizo confesión de sus culpas, y el santo hombre espantado, no se atrevió a absolverle. Pero de los cielos bajó una voz que dijo: «Da la absolución a ese penitente, más en su misma sepultura.» Entonces el ermitaño condujo a don Rodrigo a una sepultura honda que había allí cerca; dentro de ella se hallaba una espantable sierpe de tres cabezas. El ermitaño  metió al Rey en la sepultura y la cerró. Cada día después le preguntaba: «¿Cómo te va, penitente?» Y el Rey contestaba entre terribles dolores: «Ya me come por donde más pecado había.» Al fin murió don Rodrigo, y en el mismo instante que expiró se oyó una alegre sinfonía de campanas celestiales mientras las de da ermita tañían también solas. Y el ermitaño comprendió que Dios había perdonado al último rey godo, y que el alma des desdichado don Rodrigo subía a los cielos.

Else
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Dienstag, 10. Februar 2015

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Das Antike Spanien

1) Der König Wamba

Nachdem der berühmte, gotische König Recesvinto im Jahr 672 ohne Nachkommen gestorben war, blieb der Thron von Kastilien leer. Viele verloren beim Kampf um den begehrten Thron ihr Leben, und einer wechselte den nächsten ab.
Der Heilige Vater der Kirche von Rom bat den Allmächtigen, ihm seinen göttlichen Willen über die Wahl des Königs von Spanien zu offenbaren, um zu verhindern, dass sich diese ruchlosen Taten wiederholen. Gott erhörte das Gebet des Hirten der Kirche, von außerordentlicher Heiligkeit und Demut des Lebens, und ließ ihn wissen, dass "der König von Kastilien Wamba heiße; er würde beim Pflügen in der Nähe von Andalusien gefunden und könnte an seinem Gespann von einem wachsfarbenen, weißen und einem dunklen Ochsen erkannt werden."
Der Heilige Vater sagte den Goten die Offenbarung Gottes, und sie wählten mehrere Gruppen von Kriegern aus, die in Spanien in mehreren Richtungen losgingen, um den künftigen König beim Pflügen zu finden. Es vergingen Tag um Tag und die meisten mit der Suche beauftragten kämpften mit Müdigkeit, da sie zu Fuß große Landflächen ohne Straßen oder Pfade durchqueren mussten, immer fragend nach diesem Landarbeiter benannt Wamba, der die Geschicke Spaniens führen sollte.
Eine der Gruppen, nachdem sie ein ländliches Städtchen durchstreift hatten, begab sich wegen der vergeblichen Wanderungen entmutigt und traurig zu den anderen, denen es nur geglückt war, sich zu ermüden. Sie sahen auf der Höhe einer Schlucht eine schöne Frau mit einem Korb auf ihrer Schulter; Sie zähmten den Schritt, um auf sie zu warten, und sagten sich: "Fragen wir diese Dörflerin, vielleicht kann sie uns in unserem Streben führen."
Und als sie in ihrer Nähe war, sahen sie, dass sie auf einen kleinen Hügel stieg, und von dort aus rief: "Wamba, spann jetzt aus, und komm zum Essen, es ist schon Mittag."
Als die gotischen Soldaten das gehört hatten, liefen sie und sagten kniend vor dem Bauer: "Lass uns, König Wamba, deine Hände mit Liebe und Freundlichkeit küssen." Dann prüften sie, ob auch die Farbe des Gespanns mit der Offenbarung übereinstimmte. Der erschrockene Wamba dachte, sie wollten ihn festnehmen, verspotteten ihn, deshalb fragte er sie nach der Ursache ihrer Haltung und bat sie, sich zu erklären. Die Goten beruhigten ihn: "Seien Sie besänftigt, Majestät; wir sind gekommen, zu verkünden, dass ihr der König von Kastilien sein müsst, da der Papst von Rom eine göttliche Offenbarung hatte, dass der neue König Wamba sein soll." Wamba, der wenig ehrgeizig war, blieb verwirrt und unsicher stehen, und ohne große Lust das Zepter anzunehmen, oder das für ihn liebenswerte Leben in Frieden und Wohlstand aufzugeben, stieß seinen Stock in den Boden und sagte mit fester Stimme: "Wenn an diesem Stock Blumen gedeihen, so will ich König von Spanien sein!"
Kaum hatte er das ausgesprochen, als sein Stab auf wunderbare Weise von schönen Blumen bedeckt wurde, und da er tief religiös war, erkannte er das Zeichen des allmächtigen Gottes, und ließ sich zusammen mit seiner Frau vor den Rat des Reiches führen, bereit zum Wohle des Landes das Leben in Frieden und Ruhe zu opfern. Er wurde zum König von Kastilien und seine Frau Gemahlin zur Königin gekrönt. Und mit großer Geschicklichkeit regierte er die Geschicke Spaniens, zeigte Stärke und Mut. Unternahm Großes, unterwarf die Basken und füllte mit glorreichen Tagen seine Herrschaft.

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Leyendas de España del libro “Antología de Leyendas” de V. García de Diego

Españolas antiguas

1) El rey Wamba

Habiendo muerto el ilustre rey godo Recesvinto sin sucesión, hacia el año seiscientos setenta y dos de nuestra era, quedaba vacante el trono de Castilla. Numerosos eran los aspirantes al reino, aun a costa de perder su vida, como les había ocurrido a todos los reyes anteriores, que morían asesinados por su sucesor.
El Santo Padre que regía la Iglesia de Roma, para evitar que se repitieran estos vergonzosos hechos, rogó al Altísimo que le revelase su voluntad divina para la elección del rey de España. Dios escuchó la oración del Pastor de la Iglesia, de extraordinaria santidad y humildad de vida, y le hizo saber que «el rey de Castilla se llamaría Wamba y que lo encontrarían arando cerca de Andalucía; podrían conocerle porque su yunta estaba formada por un buey blanco y cereño y el otro prieto».
El Santo Padre comunicó a los godos la revelación de Dios, y ellos designaron a varios grupos de guerreros, que partieron en varias direcciones de España, recorriendo los campos en busca del futuro Rey, que habían de hallar arando. Pasaban días y días y la mayoría de los encargados de buscarle se encontraban rendidos por la fatiga de atravesar a pie y sin camino grandes extensiones de tierras de labor, preguntando siempre por aquel labrador, de nombre Wamba, que había de regir los destinos de España.
Uno de los grupos, después de recorrer todo el término de una villa, se volvía desalentado y triste de sus inútiles andanzas, con las que sólo habían logrado fatigarse. Vieron venir por alto de una cañada a una hermosa dueña con un canasto al hombro; acortaron el paso para esperarla, diciendo: «Preguntemos a esta aldeana, que tal vez ella pueda orientarnos en nuestra busca.»
Y cuando ya estaba cerca de ellos, vieron que se subía a una pequeña loma y desde allí gritaba: «Wamba, desuncid ya, y venid a comer, que ya es mediodía.»
Los soldados godos, al oírlo corrieron a su encuentro y de rodillas ante el labrador, decían: «Permitidnos, rey Wamba, que os besemos las manos con amor y cortesía.» Comprobaron luego que el color de la yunta también coincidía con la revelación. Wamba, alarmado, creyendo que iban a prenderle y que se mofaban de él, les preguntaba la causa de su actitud, pidiendo que se le aclarasen. Los godos le tranquilizaron: «No os alarméis, Majestad; venimos a anunciaros que habéis de ser Rey de Castilla, pues el Santo Padre de Roma ha tenido una revelación divina de que el nueve Rey será Wamba.» Luego, Wamba, que era poco ambicioso, quedó desconcertado y dudoso, sin grandes deseos de empuñar el cetro, sintiendo dejar aquella vida, para él adorable, de paz y bienestar, y clavando su vara en tierra dijo, con firmeza: «Cuando esta vara florezca, yo seré rey de España.»
No había terminado de decirlo, cuando su vara se cubrió milagrosamente de bellas flores, y él, que era profundamente religioso, conociendo en ello los designios de Dios omnipotente, se dejó conducir, junto con su esposa ante la presencia del Consejo del Reino, dispuesto a sacrificarse por el bien du su vida de tranquilidad y sosiego. Allí fue coronado rey de Castilla, y su esposa reina consorte. Y con gran acierto supo regir  los destinos de España, demostrando entereza y audacia. Acometió grandes empresas, sometió a los vascones y llenó de gloria los días de su reinado.

Else
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