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Leyendas de España del libro
“Antología de Leyendas” de V. García de Diego
Españolas antiguas
2) La leyenda del último rey
godo, don Rodrigo
Estaba mediada la primavera, habían llegado los grandes calores y el
jardín del palacio del rey Rodrigo estallaba de verdor. Desde una ventana
contemplaba Rodrigo la dulce alegría de las plantas y la claridad de un
estanque, que bajo un espesor de arrayanes y jazmines espejeaba al sol. De
pronto, una alegre algarabía des voces frescas le llamó la atención. Por uno de
los senderos de la huerta, entre pensiles de espadañas y lirios, venían unas doncellas. Llegaron
al estanque, dejaron caer sus vestiduras y los cuerpos bellísimos
resplandecían llenos de gracia y de luz. Pero era la Cava, doncella hija del
conde don Julián, la que atraía sobre todo, la mirada de Rodrigo que,
suspenso, la contemplaba. Salió el Rey por una puertecilla al jardín, se
aproximó al estanque y entre unas hiedras y bojes se ocultó para ver más a su
sabor. Salió la Cava del agua y sacudiéndose las gotas, gritó a las
compañeras para que vinieran con ella a reposar. El Rey sentía estremecerse
su cuerpo como abrasado por un loco deseo. Y de esta suerte, enamorado
perdidamente de aquella belleza henchida de dulces promesas, regresó a sus
estancias.
Vanamente trató de dominar su anhelo. Y así, como encontrase después de
lo contado a la Cava, le declaró su amor: «Desde que os he visto no vivo ni
duermo pensando en vos. Dad remedio a mi mal y pensad que la voluntad del Rey
ha de cumplirse siempre.» Más ella burlando discretamente, rechazaba las
amorosas razones de Rodrigo y procuraba acortar las entrevistas. Estos
fracases aumentaban las tristeza de don Rodrigo, cuyo animo estaba preocupado
por algo que le sucediera poco tiempo antes de haber conocido a la Cava.
Había, en efecto, tenido gran osadía al romper una secular prohibición.
En Toledo existía un palacio encantado, del cual se dijo siempre que era la
Cueva de Hércules. Rechazando dos consejos de sus íntimos, el Rey entró en
tal lugar. Allí vio unos extraños y bellos tapices que tenían figuras de
gente con trajes extraños, amplias vestiduras y lienzos enrollados en la
cabeza. Eran figuras de árabes, bien los conoció don Rodrigo. Su ánimo había
estado admirado, mas pronto la admiración se convirtió en tristeza cuando
leyó una inscripción en la cual se decía que cuando alguien hubiese penetrado
en aquella estancia, España sería entregada al pueblo al que pertenecían
aquellas gentes, así representadas en los tapices.
Tal era la congoja que atormentaba a Rodrigo. Y a ella se unía el deseo
de poseer a la Cava. Al fin, una tarde bochornosa, estando tendido en su
lecho, envió a buscar a la linda muchacha. Ésta llegó confiada en que el Rey
no pasaría más allá de las ocasiones anteriores. Mas, ¡ay, que se equivocó! Y
cuando, pasada una hora, salió la Cava de la estancia real, su semblante
había perdido aquella dulzura pueril que encantaba a la gente, sus ojos
estaban enrojados por el llanto, su voz ronca por los reproches que hiciera
al Rey, por los gemidos que exhalara. Todo había sido inútil y su pureza se
tronchó por la fuerza del loco deseo de don Rodrigo. ¿De quién fue la culpa?
¿De ella, que no evitó antes la mala ocasión, o de la voluntad malévola del
Rey?
La Cava perdió su belleza. En su cámara lloraba y maldecía a quien tan
duramente le quitara la flor de su juventud. Y llena de rencor, escribió
cartas a su padre, el conde don Julián, que en Ceuta era gobernador de los
godos, a fin de que vengase la ofensa que se le había hecho. Grandes fueron
el dolor y la ira de don Julián al recibir las cartas de su hija; mas su
venganza fue mala y traicionera, porque tramó la destrucción de España. ¡Ay
España, tierra hermosa la más ufana de
todas! ¡España de los valles y los trigales, rica en veneros y filones,
henchida de óleo dulce y suave, deleitosa de frutales, bien guarnecida de
castillos, alegrada por el azafrán, ardiente de proezas! ¡Por un traidor
serás destruida! El conde don Julián escribió cartas al Rey moro diciéndole
que si quería le entregaría España. Y en España había también traidores como
don Opas, que odiaba a Rodrigo. Y así, de aquella fatal ocasión en que la
Cava lucía su cuerpo, ¡maldito sea!, al aire cálido de la tarde, vino la
ruina de España.
Dormía una noche don Rodrigo; a su lado, la Cava. Contrarios eran los
vientos y en un cielo profundamente oscuro brillaba la luna con triste
resplandor. Soñó el rey Rodrigo que dormía en una tienda de hermosos lienzos,
sostenidos por trescientas cuerdas de plata. Dentro, sentadas en la suelo,
había cien doncellas: cincuenta tañían, cincuenta cantaban. Sus voces e
instrumentos de extraño son eran: el tono profundo, triste, como si un aire
de callados lamentos viniera de todos los campos de España. Y una doncella
llamada Fortuna habló así: «Despierta si duermes, rey Rodrigo. ¡Malos hados
se ciernen sobre ti! ¡Ay, que veo muchedumbre de gentes extrañas que caen
como bandadas de cuervos sobre los campos de tu nación! ¡Ay, que avanzan sus
escuadrones destrozando a tus gentes, matando a tus caballeros! ¡Despierta y
ponte en guardia! ¡Es el conde don Julián, por venganza de la deshonra que
sobre su hija has echado, quien ha abierto las fronteras!» Despertó lleno de
congoja el rey Rodrigo y de pronto llegaron mensajeros que le comunicaron que
los enemigos estaban cerca. Montó don Rodrigo a caballo y salió a combatir.
Junto al río Guadalete fue la batalla. Como las olas del mar chocan
contra las aguas del río en que en él desembocan, así chocaban las miles de
árabes contra los godos. Don Rodrigo, con la armadura abollada y la espada
casi partida, subió a un cerro y vio con dolor cómo apenas le quedaban
guerreros; sus banderas, rotas, desgarradas, tendidas por tierra. Y llorando
amargamente exclamó: «¡Ayer era rey de España, hoy no lo soy de una villa!» Y
cuando la noche hubo llegado, el desdichado Rey huyó sin saber a dónde.
Huyendo de su desdicha vagaba el Rey por campos y montañas. No quería
entrar en villas ni ciudades, no quería la sombra del encinar, ni el descanso
junto al río. Pasó entre trigales agostados, entre aradas secas, sobre prados
sin rebaños; pasó entre roquedales y llegó a las montañas más espesas, cerca
de Viseo. Allí encontró a un humilde pastor, a quien preguntó si habría cerca
algún monasterio en donde reposar. «No hay ni monasterio ni convento, contestó
el pastor; tan sólo una ermita cuidada por un santo varón. Está en lo alto de
ese cerro.» Y hacía allí dirigió su cansado caballo el pobre peregrino. El
pastor, compadecido al ver su extremo estado de necesidad, le dio un poco de
cecina y un trozo de pan duro, que don Rodrigo comió llorando: recordaba los
tiempos en que gozaba de buenos manjares.
Llegó al fin a la ermita y se prosternó ante el ermitaño, que contaba más
de un siglo de edad. Hizo confesión de sus culpas, y el santo hombre
espantado, no se atrevió a absolverle. Pero de los cielos bajó una voz que
dijo: «Da la absolución a ese penitente, más en su misma sepultura.» Entonces
el ermitaño condujo a don Rodrigo a una sepultura honda que había allí cerca;
dentro de ella se hallaba una espantable sierpe de tres cabezas. El
ermitaño metió al Rey en la sepultura
y la cerró. Cada día después le preguntaba: «¿Cómo te va, penitente?» Y el
Rey contestaba entre terribles dolores: «Ya me come por donde más pecado
había.» Al fin murió don Rodrigo, y en el mismo instante que expiró se oyó
una alegre sinfonía de campanas celestiales mientras las de da ermita tañían
también solas. Y el ermitaño comprendió que Dios había perdonado al último
rey godo, y que el alma des desdichado don Rodrigo subía a los cielos.
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Else
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Legends from ancient Spain
Mittwoch, 9. März 2016
Dienstag, 10. Februar 2015
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Das Antike Spanien
1) Der König Wamba
Nachdem der berühmte, gotische König Recesvinto im Jahr 672 ohne
Nachkommen gestorben war, blieb der Thron von Kastilien leer. Viele verloren
beim Kampf um den begehrten Thron ihr Leben, und einer wechselte den nächsten
ab.
Der Heilige Vater der Kirche von Rom bat den Allmächtigen, ihm
seinen göttlichen Willen über die Wahl des Königs von Spanien zu offenbaren,
um zu verhindern, dass sich diese ruchlosen Taten wiederholen. Gott erhörte
das Gebet des Hirten der Kirche, von außerordentlicher Heiligkeit und Demut
des Lebens, und ließ ihn wissen, dass "der König von Kastilien Wamba
heiße; er würde beim Pflügen in der Nähe von Andalusien gefunden und könnte
an seinem Gespann von einem wachsfarbenen, weißen und einem dunklen Ochsen
erkannt werden."
Der Heilige Vater sagte den Goten die Offenbarung Gottes, und sie
wählten mehrere Gruppen von Kriegern aus, die in Spanien in mehreren
Richtungen losgingen, um den künftigen König beim Pflügen zu finden. Es
vergingen Tag um Tag und die meisten mit der Suche beauftragten kämpften mit
Müdigkeit, da sie zu Fuß große Landflächen ohne Straßen oder Pfade
durchqueren mussten, immer fragend nach diesem Landarbeiter benannt Wamba,
der die Geschicke Spaniens führen sollte.
Eine der Gruppen, nachdem sie ein ländliches Städtchen durchstreift
hatten, begab sich wegen der vergeblichen Wanderungen entmutigt und traurig
zu den anderen, denen es nur geglückt war, sich zu ermüden. Sie sahen auf der
Höhe einer Schlucht eine schöne Frau mit einem Korb auf ihrer Schulter; Sie
zähmten den Schritt, um auf sie zu warten, und sagten sich: "Fragen wir
diese Dörflerin, vielleicht kann sie uns in unserem Streben führen."
Und als sie in ihrer Nähe war, sahen sie, dass sie auf einen
kleinen Hügel stieg, und von dort aus rief: "Wamba, spann jetzt aus, und
komm zum Essen, es ist schon Mittag."
Als die gotischen Soldaten das gehört hatten, liefen sie und
sagten kniend vor dem Bauer: "Lass uns, König Wamba, deine Hände mit
Liebe und Freundlichkeit küssen." Dann prüften sie, ob auch die Farbe
des Gespanns mit der Offenbarung übereinstimmte. Der erschrockene Wamba
dachte, sie wollten ihn festnehmen, verspotteten ihn, deshalb fragte er sie
nach der Ursache ihrer Haltung und bat sie, sich zu erklären. Die Goten
beruhigten ihn: "Seien Sie besänftigt, Majestät; wir sind gekommen, zu
verkünden, dass ihr der König von Kastilien sein müsst, da der Papst von Rom
eine göttliche Offenbarung hatte, dass der neue König Wamba sein soll."
Wamba, der wenig ehrgeizig war, blieb verwirrt und unsicher stehen, und ohne
große Lust das Zepter anzunehmen, oder das für ihn liebenswerte Leben in
Frieden und Wohlstand aufzugeben, stieß seinen Stock in den Boden und sagte
mit fester Stimme: "Wenn an diesem Stock Blumen gedeihen, so will ich
König von Spanien sein!"
Kaum hatte er das ausgesprochen, als sein Stab auf wunderbare
Weise von schönen Blumen bedeckt wurde, und da er tief religiös war, erkannte
er das Zeichen des allmächtigen Gottes, und ließ sich zusammen mit seiner
Frau vor den Rat des Reiches führen, bereit zum Wohle des Landes das Leben in
Frieden und Ruhe zu opfern. Er wurde zum König von Kastilien und seine Frau
Gemahlin zur Königin gekrönt. Und mit großer Geschicklichkeit regierte er die
Geschicke Spaniens, zeigte Stärke und Mut. Unternahm Großes, unterwarf die
Basken und füllte mit glorreichen Tagen seine Herrschaft.
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Leyendas de España del libro “Antología de
Leyendas” de V. García de Diego
Españolas antiguas
1) El rey Wamba
Habiendo muerto el ilustre rey godo
Recesvinto sin sucesión, hacia el año seiscientos setenta y dos de nuestra
era, quedaba vacante el trono de Castilla. Numerosos eran los aspirantes al
reino, aun a costa de perder su vida, como les había ocurrido a todos los
reyes anteriores, que morían asesinados por su sucesor.
El Santo Padre que regía la Iglesia de Roma,
para evitar que se repitieran estos vergonzosos hechos, rogó al Altísimo que
le revelase su voluntad divina para la elección del rey de España. Dios
escuchó la oración del Pastor de la Iglesia, de extraordinaria santidad y
humildad de vida, y le hizo saber que «el rey de Castilla se llamaría Wamba y
que lo encontrarían arando cerca de Andalucía; podrían conocerle porque su
yunta estaba formada por un buey blanco y cereño y el otro prieto».
El Santo Padre comunicó a los godos la
revelación de Dios, y ellos designaron a varios grupos de guerreros, que
partieron en varias direcciones de España, recorriendo los campos en busca
del futuro Rey, que habían de hallar arando. Pasaban días y días y la mayoría
de los encargados de buscarle se encontraban rendidos por la fatiga de
atravesar a pie y sin camino grandes extensiones de tierras de labor,
preguntando siempre por aquel labrador, de nombre Wamba, que había de regir
los destinos de España.
Uno de los grupos, después de recorrer todo
el término de una villa, se volvía desalentado y triste de sus inútiles
andanzas, con las que sólo habían logrado fatigarse. Vieron venir por alto de
una cañada a una hermosa dueña con un canasto al hombro; acortaron el paso
para esperarla, diciendo: «Preguntemos a esta aldeana, que tal vez ella pueda
orientarnos en nuestra busca.»
Y cuando ya estaba cerca de ellos, vieron
que se subía a una pequeña loma y desde allí gritaba: «Wamba, desuncid ya, y
venid a comer, que ya es mediodía.»
Los soldados godos, al oírlo corrieron a su
encuentro y de rodillas ante el labrador, decían: «Permitidnos, rey Wamba,
que os besemos las manos con amor y cortesía.» Comprobaron luego que el color
de la yunta también coincidía con la revelación. Wamba, alarmado, creyendo
que iban a prenderle y que se mofaban de él, les preguntaba la causa de su
actitud, pidiendo que se le aclarasen. Los godos le tranquilizaron: «No os
alarméis, Majestad; venimos a anunciaros que habéis de ser Rey de Castilla,
pues el Santo Padre de Roma ha tenido una revelación divina de que el nueve
Rey será Wamba.» Luego, Wamba, que era poco ambicioso, quedó desconcertado y
dudoso, sin grandes deseos de empuñar el cetro, sintiendo dejar aquella vida,
para él adorable, de paz y bienestar, y clavando su vara en tierra dijo, con
firmeza: «Cuando esta vara florezca, yo seré rey de España.»
No había terminado de decirlo, cuando su
vara se cubrió milagrosamente de bellas flores, y él, que era profundamente
religioso, conociendo en ello los designios de Dios omnipotente, se dejó
conducir, junto con su esposa ante la presencia del Consejo del Reino,
dispuesto a sacrificarse por el bien du su vida de tranquilidad y sosiego.
Allí fue coronado rey de Castilla, y su esposa reina consorte. Y con gran
acierto supo regir los destinos de
España, demostrando entereza y audacia. Acometió grandes empresas, sometió a
los vascones y llenó de gloria los días de su reinado.
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